Historia de la Serenata

Serenata a Cafayate, un poco de su historia:

Comenzaba el año 1974, cuando una noche del mes de enero, Arnaldo Etchart invitó a César Fermín Perdiguero a la Finca “La Florida” para contarle sus deseos de organizar un festival folclórico dedicado al pueblo de Cafayate.

Ya por ese tiempo Arnaldo tenía la buena costumbre de ofrecer a su gente una fiesta anual. Pensó con criterio generoso, que estas fiestas debían hacerse partícipe a todo el pueblo y por qué no, a la zona vallista.

El salón de actos de la Municipalidad sería el lugar ideal, pero quiso ir más allá y se ubicó en un sitio baldío, frente a la esquina de la plaza, donde comenzó a crecer la idea de un escenario mejor.

El cantor melódico Víctor Ruíz y su pianista Martín Salazar, Perico Rioja, Los Hermanos Gutiérrez, Julio César Ulivarri, entre tantos otros fueron los que estuvieron en los inicios. Hasta aquí Etchart y la expresión de la Serenata.

Y la inventaron así: “Serenata a Cafayate”, porque quedaban recuerdos de antiguas serenatas y de viejos y queridos cantores que se dejaban oír en las altas noches cuando los jazmines y las retamas invadían el aire y las rejas comarcanas.

Y se anunció a los cuatro vientos, en aquel mes de febrero, que se iniciaría uno de los hechos populares que asombran a toda una generación.

¡Preparate Cafayate! Fue la consigna, y se dieron cita a esta dulce convocatoria, los músicos del pueblo, los poetas y los bailarines que, junto al esplendor hicieron vibrar de emoción a sus habitantes, sacudieron el polvo de los viejos patios, llenando de alegría la sombra verde de la alameda y a los arenosos caminos de siempre.

Para todo esto era necesario buscar un lugar más adecuado, y entre esos avatares se dieron cuenta de una oscura y abandonada bodega, con un pasado laborioso y fecundo, a la que bautizaron La Bodega Encantada, la que llenaron con el embrujo de las canciones.

Había que ponerle un nombre a este escenario casi natural, donde dormían los callados duendes del vino que otrora colmaron sus piletas y nada mejor que el de uno de los destacados hijos de la esta tierra: Gusta “Payo” Solá.

Así quedó, Escenario Payo Solá. Como un símbolo melodioso se entonaron noche a noche los románticos compases del vals Mal de Luna que alguna vez su autor, Julio Camilioni, entregara complacido a “las mozas del lugar”.

Continuó entonces el desfile incesante de los protagonistas. El bandoneón carpero de Marcos Thames y su conjunto, Isbelio Godoy con su arpa, el decir coya de Martín Bustamante, Ariel Petrocelli y muchos más que junto a Los Chalchaleros o César Isella hicieron la delicia del encuentro sonoro más importante de la provincia.

A la par vino la convocatoria a los poetas de la tierra para que escribieran en coplas las dulzuras de este tiempo de uvas y lagares, para que dejaran su canto a las viñas cafayateñas y nombraran las tinajas rosadas de este valle luminoso.

Así se penetró en el alma sencilla de la gente. Al gran escenario concurrieron, gratuitamente, más de diez mil personas en cada presentación, quienes con sus pañuelos al aire dieron su aprobación a este gesto de generosidad que brindaron agradecidos los hacedores de aquellas serenatas.

Seis ediciones magníficas de la danza y el canto traspasaron los ríos y las quebradas. Se mandaron a imprimir los Cuadernos de Serenata en cuatro ocasiones, donde quedaron constancia de la tarea literaria que conformó también este acontecimiento.

Con una lujosa nómina de músicos y poetas, los más destacados del país, se concursó por invitación a la “Cantata Cafayateña”, cuyo certamen organizado por la Fundación Carmen Rosa Ulivarri de Etchart” alcanzó los ribetes del éxito y desembocó en sendas grabaciones y un bien confeccionado álbum de partituras.

Hasta aquí los hermanos Etchart que dejaron testimonio fundamental de esta hermosa aventura, la de juntar las voces y las guitarras. La de conseguir que por las calles y la plaza de Cafayate anduvieran jubilosos Manuel J. Castilla, Gustavo “Cuchi” Leguizamón, Lima Quintana, Felipe Yofre, Raúl Aráoz Anzoátegui, Antonio Nella Castro, Tombolito y un sin número de artistas y periodistas de todo el país.

Desde aquel momento se la entregaron al pueblo y a sus autoridades con el compromiso de que siguieran por este mismo camino de musical alabanza y regocijo que conforman la historia de este pueblo bueno.

La Serenata continúa. Desde las altas cumbres del cielo hasta el dulce vino de la fraternidad, seguimos escuchando la voz querendona y emocionada de César Perdiguero, en su decir apasionado y celebrante a la par del sueño serenatero de Arnaldo Etchart: ¡Alegrate Cafayate!

José Ríos. Febrero de 1991.

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